Se acabó la mentira. De qué van a hablar ahora el felpudismo periodístico, los seguidores de esa estúpida iglesia maradoniana, los relatores que se hicieron importantes repitiendo una y otra vez ese gol.Nos contaron hasta ahora que sólo alguien de otro mundo podía llevar adelante tamaño milagro. Que sólo alguien cercano a los dioses era capaz de semejante hazaña. Que nunca más un mortal podría recrear una belleza semejante a aquella del mundial 86. Se podía. Se pudo. Lo hizo otro ser humano, para desgracia de muchos. Con la facilidad que lo hace un tipo como cualquier otro. No tuvo que bajar de una nube ni abandonar la estampita. Sólo agarrar una pelota y hacer lo que mejor hace: jugar al fútbol.
Mientras el Diego de aquella hazaña, que ya se transforma en un recuerdo en blanco y negro, va dejando su vida en forma de suicidio anunciado, el nuevo ídolo se pone las pilchas del sucesor. Desde la tierra, sin entorno, sin soberbia, sin violencia, sin la corte de aduladores dispuesto al elogio fácil a cambio de una miserable monedas. Ya está. Se terminó. La mentira, con las patitas cortas como la de Maradona, llego al final.
Lo que nos contaron hasta ahora no era verdad. Se podía repetir el milagro. No era imposible ni trabajo para un supuesto Dios. Diego creó su imperio a partir de esa obra de arte. Simple para él, rebuscada para los demás. Nos aseguraban que esa pincelada no se repetiría nunca más simplemente porque lo había hecho un extraterrestre, un barrilete cósmico. Cualquier crítica chocaba contra esa imagen repetida hasta el hartazgo con la voz de Víctor Hugo.
Lo último que le quedaba a Diego para seguir en ese reinado de la mentira, donde una sobredosis era un empacho de mortadela y cualquier insulto un poema. Que no mientan más. Maradona no era Dios. No es inmortal. Ni aquel gol le queda como último recurso, como un as en la manga para demostrar que era divino. Lo desalojaron del paraíso. Tan poco Dios es que lo único que le queda es una despedida triste y a plazos.
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